Aquel día encontré un objeto del que no cabe decir cosa alguna ni adjetivo distinto del extraordinario, era una inapelable y perfecta convolución de fibrillas concéntricas que conformaban el hallazgo y que a primera impresión tuve que considerarlo como un ser vivo que coquetamente rodaba sobre el entablillado piso de la vieja y memorable salita en donde se desparramaran mis días de niño.
Había pensado ya bastante en querer recorrer aquellos lugares tan conocidos y tan nítidamente míos que de pronto me encontraba frente a la puerta del más remoto pasado de mi vida y que a voluntad propia había dejado unos once años atrás.