En lo profundo del bosque Mohoso hay una macabra cueva en la que habita La Mansión y en ella el terror y las sombras. Todos le temen a La Mansión del Terror, todos excepto los maléficos seres que pululan en sus adentros: ellos la aman.
Desde épocas remotas, se sabía ya –con poca alegría–, que en aquella cueva habitaba La Mansión. Llenos de horror, los antiguos hombres huían de sus terribles fauces y de sus ejércitos de zombis y flujos reptantes que emanaban de sus maléficas entrañas.
La muchedumbre enloquecía de espanto cada vez que oía rugir a La Mansión desde los confines más alejados del mundo, con ese rugido de león molesto que nadie pensaba amansar. Todos le temían, y al sólo oír su nombre corrían despavoridos, se desmayaban o se paralizaban de terror. No había nadie que al oír su nombre no recordara aquellos relatos de feroces monstruos; de dimensiones malignas; de quejidos de almas en pena; de manos huesudas por atrás de su espalda; de fantasmagóricos seres que chorreaban plasma; ¡de días buenos también! No todo era malo; había cosas buenas en La Mansión , como la vez en que se encontró la cura para la rabia; estaba ahí, colgando de una lamparilla. Y que decir de aquella noche cuando se reunió el pueblo en Navidad y festejaron con aquel banquete que apareció de la nada.
Aún hoy, en pleno siglo XXI, La Mansión aterra a todos. Al verla pasar por las calles se cierran puertas y ventanas y no hay nadie que tenga valor de observarla ni por alguna pequeña rendija.
Lo vehículos que tienen la mala suerte de cruzársela se detienen a su paso y colisionan entre sí, pues La Mansión no sabe de semáforos ni de esas cosas. Pasa dando fuertes alaridos, como aullidos de vaca. ¡Es terrible!
Hay también –y no son pocos– quienes ven en lo calmado de su habitación a La Mansión saliendo desde su clóset con sus enormes puertas abiertas y emanando aquel hedor a panteón que los invita a pasar y algunos pasan y normal; pero otros mueren de terror en sus camas, con una mano sobre el rosario y la otra en el corazón, como si alguna experta mano les hubiera extraído el alma. ¡Es horrible!
Verdaderamente La Mansión del Terror es un lugar tenebroso y perverso, siempre anda llena de ruidos y cosas extrañas. En ella pululan infinidad de criaturas, monstruos y terribles bestias que cualquier mente haya concebido, tales como: vampiros, hombres lobos, momias, esqueletos andantes, sombras y zombis, demonios, duendes malignos, condenados que arrastran cadenas, lloronas, arañas y ratas gigantes, mujeres posesas, Charles Baycols y todos esos otros seres inicuos que nadie ignora y que ahora mismo estamos pensando. Todos ellos bullen en La Mansión esperando su hora. Claro que en la inmensidad de La Mansión cada cual tiene su propio aposento, excepto las momias que viven todas juntas y en hermandad.
Es importante decir que en estos últimos meses, La Mansión ha comenzado a estar en todas partes; en los bosques de Polonia; en las playas de Francia; en la lava del volcán Ningo –en donde casi se nos va–; en los campos fenicios; en los valles de Beirut; en las alturas del Himalaya y en los países bajos; en la Atlántida ; en los sobres de carta; en la nariz de Rita; en los cajones de tu velador; debajo de las camas; sobre los techos y bajo las piedrecillas del jardín; en los lomos de las moscas cual aguerrido jinete; en pequeños sobrecitos de té, e incluso se le ha visto a través de microscopios en muestras de sangre tomadas de recientes víctimas. En todas partes La Mansión cunde el pánico y ejerce su macabro poder.
Reinos enteros –según me contaba el antiguo portero de la mansión– habían colapsado de sólo verla; del miedo a las momias que salían a recibirlos y de las trombas de fantasmas y flujos reptantes que se retorcían de felicidad al ver el miedo en sus ojos; en los ojos de los humanos, de los perros, aves y peces; de plantas, de poliformos y de mirgus –si tuvieran–; de lo que fuese. Todo devora a su paso la retorcida Mansión.
Historias espeluznantes se cuentan del ático, al que vieron errante por Buenos Aires. Llevaba la mirada perdida como en señal de venganza.
Hablar de La Mansión es escalofriante. De sólo recordar los hechos siento tras de mí su macabro poder que se estrecha alrededor de mi delgado cuello, y es tal su furia, que el dolor, que al principio era intenso, ya casi no lo siento, y por eso sigo, aún sabiendo que no tendré buen final. Y la verdad, por alguna extraña razón, tengo la sensación de estar sentado justo en el centro de La Mansión , en la infinidad de su sala oscura, condenado a escribir de ella en una soledad que me aterra y que a la vez me hace feliz. Siento que estoy dentro, en su limbo, escribiendo al compás de un viejo péndulo que cuelga sobre mi cuello.
Ya las doce van a dar y las trombas de maldiciones frenéticas saldrán a las calles a merodear el mundo y a emanar cuantas pestes y desgracias puedan dar de sí, por eso es mejor estar aquí adentro, bien calientito y a salvo.
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