miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL CROMICROLITO

Aquel día encontré un objeto del que no cabe decir cosa alguna ni adjetivo distinto del extraordinario, era una inapelable y perfecta convolución de fibrillas concéntricas que conformaban el hallazgo y que a primera impresión  tuve que considerarlo  como un ser vivo que coquetamente rodaba sobre el entablillado piso de la vieja y memorable salita en donde se desparramaran mis días de niño.
Había pensado ya bastante en querer recorrer aquellos lugares tan conocidos y tan nítidamente míos que de pronto me encontraba frente a la puerta del más remoto pasado de mi vida y que a voluntad propia había dejado unos once años atrás.
 Mis padres aún vivían y lo hacían en aquella misma casa. Estaba seguro de encontrar a mi padre en el sofá, en donde solía estar y así fue. Nos saludamos como de costumbre, como si no me hubiera ido hace unos once años atrás. La verdad eso no tenía mucha importancia para nosotros pues nuestra familia no era una típica familia, sino más bien era de aquellas a las que no les preocupa nada y les daba igual si están lejos o cerca, vivos o muertos, si se es rico o pobre o si de pronto se es un caracol de Pruneo. Lo importante para nosotros era solo y mientras se estaba con vida, tener cierto respeto a uno mismo y buscar una razón de existir propia, individual y eterna, era como prepararse para vivir la vida eterna desde una corta y frágil existencia y sin importar la naturaleza misma de nuestro ser, era más bien un acto de fe enraizado en nuestros antepasados desde el primer hombre.
Mi padre era desde ya unos años atrás, antes de mi partida, según recuerdo, un hombre calmado y respetable, solía hablar de las cosas, de cómo se debían hacer y de lo que se ganaba por actuar con malas artes. También le gustaban las cosas de la ciencia, a pesar de no estar muy involucrado con ellas, más bien creo que le agradaba escucharme hablar de un último invento o de una nueva teoría y luego daba su punto de vista y al final siempre decía que llegarían tiempos increíbles en los que todo podría suceder y que a él no le causaba nada el pensarlo, seguro se refería a tener miedo o asombro o talvez  sabía que no alcanzaría a vivir tanto.
Hablamos un poco de la vida y de sus problemas, de deportes y de política y de esas cosas que suelen  estar en primera fila cuando no se sabe de que hablar. Tomamos un lonchecito y a eso de las nueve quedé solo en el sillón grande de la memorable salita.
Parecía que todos los objetos que habían permanecido allí desde mi infancia, me miraban y trataban de no proferir palabra alguna, talvez para evitar caer en un pozo de melancolía profundo. El silencio sin embrago, lo decía todo y lo corroboró una hoja que cayó toscamente sobre la madera nacarada del tocadiscos.
Y bien, me encontraba yo en un momento en el que uno no puede asegurar si es que realmente se encuentra en un mundo grávido o en un sueño largo y silencioso. Y así se fueron pasando los segundos y mi mirada yacía fija hacia el centro de la salita. Veía el suelo poco lustrado y más bien envejecido al parecer por el ir y venir de los años y de eso daban cuenta mis días de niño y de adolescente y aquellas fiestas y reuniones que le habían dado a la casita sus noches de gloria.
Al entrar en razón, al notar de nuevo que la materia ahí reunida me miraba inmóvil, sentí una extraña sensación de miedo y volvieron a mí aquellos momentos de gran movimiento en aquellos años y escuché sus voces y los ví rodar sobre el piso. Estaban allí maravillosamente reales, eran algo como ya dije extraordinario, todos los recuerdos unidos en un solo punto constituyendo aquello tan mágico. Su nombre vino a mi mente de pronto: “El Cromicrolito”, se oyó fuerte dentro de mí y retumbó tan bruscamente que se escuchó en todas partes, cayeron tres hojas de la amarillenta plantita sobre la superficie nacarada del tocadiscos y no se escucharon o no las escuché. Sólo sabía que el cromicrolito estaba ante mí y se movía, lo cogí suavemente y lo levanté, lo coloqué sobre la palma de mi mano y lo solté al aire y nunca cayó, permaneció en el mismo punto, relajado y girando lentamente, luego se movió hacia arriba hasta la altura de mis incrédulos ojos y vi sus colores, cada flagelo era de un color nuevo y brilloso, eran miles de flagelos que salían de un bulbo central que se veía sólido y a la vez transparente y en él se gestaban mis recuerdos, toqué una de aquellas extrañas protuberancias capilares y recordé mi pasado y en él mis días más insospechados. Recordé por ejemplo una tarde en la que estuve en la ventana del cuarto de mi hermana observando la calle, tratando de ver pasar el tiempo  durante varias horas sin llegar a creer en él y también recordé haber visto un anuncio televisivo en el que se ofrecían unas galletas que casi había olvidado eran mis favoritas y así recordé y recordé cosas que había creído irrecordables y... y recordé también cosas no muy lejanas, recordé mi casa actual y la vi vacía y pensé en todas las muchachas que había tenido a lo largo de mi singular existencia y lloré ante el cromicrolito como nunca antes lo había echo jamás ningún otro ser y fue en ese momento que me sentí realmente solo. Me sentí materialmente solo e insignificante, recordé todos los lugares que había recorrido en los últimos once años y me vi caminando lento y sonriente sin saber en ese momento que ahora me sentiría solo y estremecido.
Al salir de aquel estado cuasi estático y decadente, cogí al cromicrolito del vientre y lo guarde en una cajita de fósforos y lo llevé a mi cuarto. Pensé en él toda la noche y tuve deseos de ver su resplandor en la oscuridad pero no me atreví a estar nuevamente ante él o quizás ante mi propio yo. Quede dormido y soñé bien rico. Fue el mejor sueño de toda mi vida, fue el gran sueño, soñé todos los días de mi vida e hice en cada uno de ellos lo que debí haber echo  y en aquel sueño soñé también el día anterior y vi al cromicrolito y lo toqué pero no recordé nada, ya lo sabía todo y todo era bueno. El cromicrolito ya no tenía vida alguna ni mucho menos resplandor, era tan solo un objeto singular y extraordinario casi tan denso como el aire o talvez ligeramente más pesado que este pero nada más,
Al despertar me sentí lleno de juventud, saludé efusivamente a mis padres y desayuné con ellos, llegaron mis hermanos y se alegraron mucho al verme, quizás porque rebosaba de felicidad o quizás porque yo los quise ver así.
A las dos de la tarde, subí a mi cuarto y cogí la rectangular cajita que se posaba sobre el velador al costado de mi almohada y la abrí, pensé no encontrar nada en el interior pero allí estaba el cromicrolito, opaco y como en el sueño. Lo llevé a la sala y lo mostré a todos, mi padre decía que lo dejara en la mesa para verlo  bien y mi hermano gritaba ¡Qué es! ¿Es algo raro? Y yo lo deje caer al aire y flotó, flotó como nunca y se elevó y todos se sorprendieron. Lo perdí de vista, el techo blanco hacía que no se viera, pensé que se había ido para siempre hasta que mi hermano lo cogió en pleno vuelo y tras un momento de duda me lo entregó y salió corriendo, dijo que acababa de acordarse de que tenía que hacer algo importante.
Guardé al cromicrolito en su gabinete y al final del día me lo llevé a  mi cuarto, al cuarto en el que ahora vivo y al día siguiente lo oculté.
Desde aquel día no he vuelto a tocar aquella cajita que guardo celosamente en algún punto de mi casa. Tal vez algún día alguien la encuentre y crea en mi o talvez al abrirla no se den cuenta de su existencia pues el cromicrolito no tiene más de medio centímetro de diámetro y se eleva silenciosa y rápidamente mientras parece que se va desvaneciendo en el aire pues está echo de aquel material tan frágil con el que se construyen todos los recuerdos.


REX CALVITO.

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