Había buscado mucho; había agotado todos los lugares explorando casi por completo la Tierra. Estaba exhausto y al borde del colapso. La locura y la muerte por poco lo tenían en su seno. Él lo sabía; sabía que existía y que ya no podía estar lejos. Tan sólo le faltaba recorrer una miserable isla, en un miserable pedazo de mar y hacia allá iba.
Porqué no empecé por atrás –Se decía enfurecido–, buscar tanto para llegar a encontrarlo al final. Siempre se encuentra algo al final –le solía decir su amigo Bernard, el gitano–, cuando lo encuentras es porque has llegado al final. Pero eso no tenía sentido para él; es más, aquellas palabras siempre las había considerado absurdas y fútiles, y ahora, a tantos días de haber iniciado la búsqueda, parecían más bien molestas y dichas adrede, como con tirria. Tantos lugares que había recorrido, y nada; justo el final tenía que ser al final, cuando no quedaba más espacio en donde buscar. A pesar de todo le agradaba que así haya sido, porque podría por fin comprobar la trivialidad de aquel gitano; siempre diciendo cosas insulsas y dándose ínfulas de gran sabio. Además, el saber que no había más lugares por recorrer le daba ánimos. Estaba cerca y de eso estaba por fin seguro. Valía la pena seguir hasta el fin; el poder que obtendría, de sólo pensarlo, le daba fuerzas y le dibujaba en el rostro una marcada sonrisa.
Con esa dicha cabalgó sobre las suaves olas, hasta que un día ancló en aguas poco profundas. Era la dichosa isla, bastión del último lugar del mundo que aún no había pisado; así que cuando lo hizo, presionó fuerte las botas sobre la arena barrosa como para quitarse toda la rabia de encima, y tras respirar aires de grandeza, escupió sobre una piedra que sobresalía en la orilla, y mientras tomaba rumbo norte hacia una especie de poblado que se veía al final de la playa, profirió un par de maldiciones a aquella inocente naturaleza.
Era una aldea pequeña de pescadores y agricultores. Vivían en forma rural, al parecer sin ninguna comunicación con el mundo exterior y eso le asustó un poco al principio, porque seguramente no lo querrían en sus tierras; pero ese temor se desvaneció cuando unos jóvenes salieron a su encuentro diciéndole: “welcame, mistar”. Estúpidos aldeanos ignorantes –pensó–, es obvió que no lo han encontrado aún, y tras reír por dentro, se introdujo en la aldea.
Y aunque eso era lo único de inglés que hablaban –y mal– no fue difícil para él comunicarse. No fue necesario que los pobladores hablaran su lengua –él era holandés–, o alguna otra que les fuera común, pues con tantos viajes y experiencias, conocía los principales idiomas y dialectos del mundo y por lo tanto le fue fácil entenderse con aquellos aldeanos, que además, por la cercanía entre las islas, hablaban buen griego.
Fue así como en aquella fragante noche iluminada por miles de millones de inflamadas estrellas, los aldeanos, desconociendo por completo su búsqueda, le contaron justo lo que él esperaba escuchar, y que probablemente, de haber conocido sus deseos, no le hubieran dicho jamás por temor a que cayera sobre ellos alguna terrible tragedia.
Le dijeron que la isla era conocida por todos en la región, sólo que nadie iba por ahí porque la consideraban de mal agüero, además no era muy grande y casi no había animales para comer. Y por último –y esto en verdad de lo contaron para asustarlo– había un extraño ser que se escurría entre los matorrales en el extremo opuesto de la isla que los tenía aterrados, pero que por suerte nunca abandonaba su zona. Ellos decían que la terrible criatura estaba hechizada y por eso la dejaban en paz. Estaban bien así y no querían problemas. Pero él sí; él deseaba tenerlos; enfrentarse por fin a su hallazgo; nadie lo detendría. Sabía muy bien lo que tenía que hacer y no podía esperar más, sus ansias se desbordaban. Ni bien terminó la charla, cogió sus cacharpas y se durmió en la hamaca que le habían brindado.
Apenas aclaró la mañana se despidió de los aldeanos diciendo que estaba de pasadita y que no tenía tiempo para tomarse unas vacaciones; además prometió no perturbar a aquella extraña criatura; incluso hizo gestos como quien se siente aterrado y huye del lugar y nadie sospechó nada.
Ahora miraba contento aquellas tranquilas aguas cristalinas de suave oleaje y deseaba besar con pasión la rocosa pared de piedra que se alzaba ante él; ahora amaba la isla.
Por ratos reía a carcajadas y por ratos bailaba y saltaba o hacía todo a la vez. Con ese regocijo secreto que no pensaba abandonar nunca, flanqueó la isla y antes del medio día echó el ancla muy cerca del acantilado. Por ahí trepó temerariamente, siempre con la sonrisa en los labios. Su fuerza fue tal, que no tuvo problema alguno en hacerse con la cima.
En lo alto la arboleda era tupida; salvo por la parte que daba al precipicio, en donde montó su frugal campamento.
Estaba solo, no había señal alguna de existencia humana –y no la hay hasta hoy–, tan sólo árboles y matorrales. Algún sonido intranquilo de vez en vez; algún pequeño animal seguramente. Nada le importaba, no le tenía miedo a la soledad y estaba tan decidido como siempre.
El amanecer pronto se le vino encima. El tiempo era espléndido, como para echarse una cantata sobre la hierba. Cargó un par de municiones en el rifle y otras más en los bolsillos y con brújula en mano se sumergió en la espesura.
Recorrió dos veces los mismos sitios y todo parecía en calma; excepto por aquella sensación de que lo observaban, no encontró ni rastros de lo que tanto ansiaba. Regresó al campamento, cargó con unas bolsas y se internó en lo más profundo.
Aquella noche durmió en la oscuridad más pasmosa. Con el rifle cargado sobre el pecho y las copas de los tupidos árboles no muy lejos del suelo. Tan sólo escuchó unos gruñidos como de cerdo y tuvo un hambre tal que lo devolvió a la realidad. Se sintió solo en el mundo, y así pasó una noche más, con los gruñidos que lo cercaban y desaparecían al amanecer.
Al despertar del nuevo día montó una serie de trampas y artilugios propios de un cazador de aquellos y esperó con calma a que cayera la presa. Y al tercer día la presa cayó…
Era en efecto, como el pensaba, un cerdito azulado, de una raza totalmente desconocida; pero era un cerdito al fin y al cabo y justo como él esperaba, llevaba en el lomo la señal sagrada.
¡El secreto de los místicos Anseusas estaba ante él! Era un cerdito bonachón que se movía como el tío Artidoro. Algo así esperaba. Los Anseusas habían depositado en aquel animal un poderoso sortilegio, que con un poco de suerte lograría descifrar y luego ¡pluf! Sería imparable.
Púlix estaba convencido de que aquel cerdito azulito, que se veía inocente, escondía algo dentro de sí, por lo que como pudo lo bajó hasta la nave y regresó satisfecho a casa llevándolo bien escondidito.
En verdad, cuando lo trajo al pueblo todos lo vimos; pero Púlix pensó que había logrado pasar desapercibido con el extraño animal.
A nadie le importó, pues siempre solía salir largo tiempo y volver con alguna tontería en las manos.
Púlix pensaba encontrar dentro del animal alguna preciada joya, “El Núcleo de Jonás”, o algún manuscrito perdido; algo que le hiciera poderoso tal como le decía una carta que dejara su padre y que fue la culpable de aquella búsqueda.
El cerdito quien decía a cada rato llamarse Ponguito, parecía ser normal; aunque muy grande y azulito. Púlix lo crío con pasión durante varios días, tras los cuales, el cerdo había crecido mucho; ahora era un animal gigantesco y Púlix estaba muy tenso. Además no sabía que hacer y eso lo estaba volviendo loco y encima que el cerdito hablaba fluidamente de cosas sin sentido, seguramente por el sortilegio –pensaba Púlix, quien ya lo había interrogado; pero parecía que no entendía, que sólo podía hablar sandeces como si estuviera endemoniado.
Una noche de esas lluviosas de invierno, no soportó las ansias que sentía por tener el secreto de los Anseusas en sus manos y decidió matar al inocente Ponguito. Su búsqueda aún no terminaba; dentro del cerdo pensaba encontrar por fin su anhelado tesoro. Como no podía descifrar el sortilegio, tenía que arriesgarse, era eso, o saborear la amarga derrota, la eterna sensación de burla, el inminente fracaso. Así que aquella misma noche se armó de los implementos necesarios y trepó con devoción sobre el cerdo, quien le miraba dócil y comenzó a trozarlo mientras el animal cantaba alegremente una canción de cuna.
Las sangre saltaba por doquier y caían trozos de piel y vísceras largas. El cerdo cantaba lo que podía, hasta que cayó la lengua y luego las patas y partes del lomo. Lo último que dijo fue: “Grunge, grunge, el secreto, grunge, sooo…”; pero justo en ese momento el cuchillo resbaló veloz por su lengua y la desenfrenada mano no pudo detenerse.
Al cabo de tres horas lo había destrozado completamente y ¡todo era normal!
Púlix lloró con amargura su desgracia; en vano había matado al animal y ahora para nada servía –antes había pensado en última instancia venderlo a un circo. Se sintió estafado por la vida y arrodillándose sobre el charco de sangre que rodeaba el montón de carne, se maldijo. Con la mirada ahogada entre los gruesos hilos de agua que caían del cielo, y que le enjuagaban la sangre del rostro comprendió que el fin había llegado.
Sin poder descifrar las últimas palabras de Ponguito, al día siguiente salió al pueblo con varias carretas llenas de carne. No te queda otra, amigo, tienes que recuperar algo de lo invertido –pensó que diría el gitano–, así que sin pensarlo más, y antes de escuchar tan odiosas palabras, se dirigió a la plaza y vendió la carne.
Pasados unos meses, Bernard encontró a Púlix muerto sobre su cama. Este hecho nos asombró mucho a todos, pues lo creíamos igual a nosotros. Se había cortado el cuello, tenía en una mano un afilado puñal ensangrentado y en la otra una nota breve, en la que maldecía al pueblo y al gitano, a quien maldecía de forma especial. Al parecer, recién supo que los que comimos la carne nos habíamos vuelto inmortales, ¡y volábamos!
Rexcalvito.
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